martes, 17 de noviembre de 2009

Cipallo, yuca, tomateeeeeeee Otro relato de Pilar Alamillo


Cipallo, yuca, tomateeeeeeee,
Sandía, Mamón, ceboooolla,
Mandioca, melón, lechuuuuga
Cada mañana me despierta una voz grave, distorsionada y suave que proviene de un carrito del que tiran dos caballos bajitos, porque aquí los caballos son de una talla reducida para lo que estamos acostumbrados nosotros. En este carro van un hombre y un chavalín de unos diez años. El hombre lleva las riendas y un micrófono. A su lado lleva un altavoz que me recuerda los tocadiscos antiguos, aquellos que figuraban en aquellos discos que se llamaban “la voz de su amo”. Aunque como casi todos sois más jóvenes que yo, posiblemente no los recordéis. Inmediatamente detrás se sienta el chavalín que va siempre atento a las casas por si alguien aparece a comprar la fruta que venden y que con tanto esmero vocea su padre (si es que es su padre)
Todavía dormida, ese sonido me traslada a otros tiempos y otros espacios. Parece más la llamada a la oración del almuecín que las voces de un vendedor ambulante. No sé si vuelvo a Marruecos o mi infancia, cuando, en los veranos de pueblo, también pregonaban mercancías por las calles. A medida que avanzan, las palabras van adquiriendo nitidez y yo también. Normalmente salto de la cama a la ventana para ver si lo veo, ¡me hace tanta gracia!
Resulta tan extraño, en unos tiempos en que ya todos compramos en los grandes supermercados, el que aún se pueda comprar de esta manera. Me pregunto ¿en qué momento hicimos este cambio gigantesco? Las costumbres van cambiando y, quizá, somos nosotros mismos los que las hacemos cambiar, pero no sé si nos damos cuenta de cómo se suceden estos cambios y de cómo nos vamos adaptando dejando atrás otros modos sin apenas notarlo.
Una de las cosas que me gustan de esta colaboración en Paraguay es notar como la ciudad y sus usos se van apoderando de mí. La primera impresión de esta ciudad de contraste va cambiando a medida que pasan los días. La sorpresa se va diluyendo y voy viendo con naturalidad las cosas que antes me llamaron la atención. Pienso que si esto me pasa a mí, que solo llevo un mes, para los que desde siempre han vivido en este lugar y con estas formas debe resultar muy difícil propiciar cambios. Y ¿hasta que punto es mejor el modelo que ofrecemos?
Vale, ya sé. Por muchas razones, pero hoy tengo un día tonto, será por el catarro que me embota la nariz y los ojos.

4 comentarios:

Julia Campos dijo...

Probablemente lo que añoramos del pasado y de aquella forma distinta de vivir sea la simplicidad en la manera de hacer las cosas, la sencillez de todo lo que teníamos (los juguetes, los cuentos, los lápices...), la humanidad (cercanía) de aquellos mercados de abastos o de los vendedores ambulantes, la tranquilidad de las calles en las que pasábamos las tardes jugando...Creo que, en ese sentido, la vida se nos ha hecho un poquito más complicada. La conclusión sería que toda "evolución" lleva implícita una pérdida. La pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿ha merecido la pena?

Marga dijo...

La verdad, yo creo que no.

Verónica R. dijo...

Yo voy a plantear la pregunta de Julia de otra manera. ¿Nos gustaría volver a esos tiempos que añoramos?
A mi personalmente no me gustaría. En el progreso, como dice Julia, siempre hay que perder algo.

Maite F dijo...

Yo estoy con Verónica, no me gustaría volver a esos tiempos, pero no dejo de ver y valorar la belleza y la naturalidad que hay en ellos.
Saludos desde aqui para Pilar.