domingo, 9 de noviembre de 2008

Mis Mayores

Este relato lo tenía archivado en mi ordenador y mira por donde ahora leyendo la entrada de Bea, lo rescato y lo hago público por si en su momento no tuvisteis la oportunidad de leerlo. Precisamente no refleja la vivencia de Bea, sino todo lo contrario. Podríamos poner un título a la fotografía de Bea: "lucidez".
Esto que vais a leer es justo lo contrario, desgraciadamente hoy en día lo vivimos a nuestro alrededor.

MAYORES
PILAR GALAN

(PUBLICADO EN EL LIBRO: “ESCRITOS SOBRE EL OLVIDO” ALZHEI-CACERES)

Lo peor no debe de ser el cansancio, ni las enfermedades, ni siquiera el dolor. Lo peor no debe de ser dormir a deshora, caminar apenas, tener prohibidos todos los vicios. Seguro que no. Seguro que cuando se llega a cierta edad, uno ha pasado ya todas las fronteras posibles y se ha vuelto inmune a casi todo, salvo a la soledad y la indiferencia. Eso sí que cuesta. Volverse invisible, a lo más una carga, alguien que repartirse entre los hijos, al que visitar en una residencia siempre demasiado llena. Eso si que duele, no las pastillas, ni la artrosis ni la dificultad de hacer lo que antes no costaba nada.

Hemos cerrado los ojos ante lo que vamos a ser, igual que los cerramos ante el cambio climático o las amenazas venideras. El futuro no nos asusta, como si no tuviera que ver con nosotros, como si instalados en esta juventud perenne, nada pudiera acecharnos. Contemplamos a los ancianos como seres de otra galaxia, débiles eslabones por donde se rompe la cadena social. Ellos cobran las pensiones, ellos son una carga para la sanidad, ellos causan problemas en verano. Y ellos, o sea, nosotros dentro de unos años, se ven apartados de un mundo que no quiere correr a su ritmo. Por eso mueren de pena en la soledad de las grandes ciudades o agonizan en habitaciones impersonales donde nunca va nadie a verlos. A ellos, que formaron familias y fueron padres y luego abuelos.

Desde unos ojos que a veces no nos recuerdan, nos contempla la vida. Los primeros pasos, el primer amor, el arañazo que solo supo curar una madre, el beso que salva el mundo. Todos los recuerdos están allí, sin orden a veces, aguardando el hilo de seda de Ariadna para ser rescatados del laberinto. La mano que despierte el genio dormido, como en el arpa de Bécquer, el poema que mi padre comentaba en clase, hace muchos años, muchísimos.

Hace solo uno que ha empezado a olvidar. Mi nombre, mi cara. Los de mis hermanos, los de nuestros hijos. Sin embargo, no olvida las valencias químicas o las reglas de acentuación. Y nos las explica, algunas noches, y su voz me trae el eco de una época olvidada que ahora él recuerda por encima de todas las cosas.
Enfrente del médico, su memoria se obliga a desplegarse. En qué mes estamos, ha preguntado el señor de la bata blanca, al otro lado de la mesa, Junio, dice al final, después de una espera que se hace interminable. Y yo me alegro tanto como cuando mi hijo, que lleva su nombre, consigue dibujar un tres o un sol que parece una araña aplastada.
Luego, camino de casa, le hablo de todo, por si acaso. De mi nombre, de las letras exactas que me enseñó, de las personas que nos rodean. Y poco a poco, parpadea en sus ojos azules el reconocimiento. Y sonríe. A salvo, otra vez, de este naufragio. Rescatado de nuevo para el mundo que tanto le echa de menos.
Lo peor no debe de ser el cansancio, ni las enfermedades, ni siquiera el dolor. Seguro que no. Lo peor es la soledad y el miedo, avanzar por los caminos del olvido sin una mano amiga que te marque las miguitas de pan, de vuelta a casa.
Lo peor es la estupidez malsana de creernos inmortales, elegidos por los dioses, olvidados de lo que hemos sido, lo que somos y aquello en que nos vamos a convertir.

4 comentarios:

Maite F dijo...

Descubro este cuento en uno de esos periodos de "crisis de conciencia existencial" que me atacan de vez en cuando. Es curioso cuanto ansiamos vivir y lo poco que nos gusta la vejez, como si lo uno no fuera consecuencia de lo otro. Claro que esa inconsciencia nos permite sobrevivir, pero también nos lleva a preocuparnos por naderías, algo absurdo cuando comprobamos que diez de cada diez personas mueren.
Lo mejor es que esta gran tragedia cotidiana permite a algunas personas lúcidas escribir una página llena de emoción, que me encanta compartir.
Muchas gracias a Pilar.
Me gustaría proponer su ultimo libro para la próxima cena y tenerla como invitada, porque además me han contado que tiene una vena de actriz cómica digna de ser escuchada. (yo no puede asistir a la presentación de su libro porque tuve que atender a mis mayores particulares)

Cristina dijo...

Gracias, Verónica. Ya sabes que me encanta Pilar Galán, (por cierto, ¿se pueden comprar sus libros aquí en Sevilla?). Y sobre todo, ese texto que me es tan cercano, porque tengo a mi lado -de milagro, y gracias a Dios- a mi madre, velita que fue hoguera, y sé lo que es para ella ser repartida en vacaciones, sentirse una carga, ver que su cuerpo no responde al ritmo que marca su cabeza. Es muy duro. Por mucho que los que la queremos queramos hacerle tener ilusiones, y nos empeñemos en que se sientan imprescindibles. Gracias a las dos.

Anónimo dijo...

El afán de mi madre fué siempre el de no molestar, ni a nosotras, sus hijas, ni a nadie de su alrededor. Lo cumplió a rajatabla, incluso en sus últimos días con nosotros, estando ingresada en la Residencia, aunque los que la queríamos jamás pensamos que intentar prolongar su estancia entre nosotros el mayor tiempo posible fuese una molestia, al contrario. Muchas veces nos había contado que, todas las noches, ella y mi padre rezaban para tener una "buena muerte", y eso para ella significaba no tenernos que "incordiar" a ninguna. En alguna parte (cada una que piense lo que quiera) alguien los debió de escuchar, porque sus deseos se cumplieron. Yo firmo por irme así, como ella lo hizo, calladamente, rodeada de las personas que más la querían, y deseando que, el día que me vaya, mis hijos me echen tanto de menos como yo la echo a ella. De todas formas,creo que esto hay que trabajárselo durante toda la vida.

Isamari dijo...

Precioso cuento Pilar, y especialmente duro porque es real, porque es lo que todos sentimos y a veces no nos atrevemos a expresar. Yo también miro los ojos azules de mi padre, y me pregunto muchas cosas y sobre todo me aferro a su mirada, a su voz, a su olor,quiero que me vuelva a contar sus historias y me empapo de su dulzura y sabiduría,y me siento culpable por no dedicarle más tiempo, por no aprovechar cada minuto que le queda de estar con nosotros.
Y a mi como a Julia, me gustaría que mis hijos me recordaran igual.
Un besazo a nuestros mayores realmente nos han dado tanto que lo merecen todo.
Un beso a todas