Cuando sea vieja, vestiré de morado,
con un sombrero rojo que ni haga juego,
ni me quede bien,
y me gastaré el dinero de mi jubilación
en coñac y guantes de verano,
y sandalias de raso.
Y diré que no hay dinero para mantequilla.
Me sentaré en el pavimento
cuando esté cansada
y devoraré muestras de las tiendas
y oprimiré los botones de alarma
y rasparé con mi bastón los barandales de las calles.
Y compensaré la austeridad de mi lejana juventud.
Saldré a caminar bajo la lluvia en zapatillas,
y arrancaré flores de jardines ajenos
y aprenderé a escupir…
Pero, tal vez debiera practicar un poco todo eso desde ahora.
Así la gente que me conoce no se asombrará,
ni se escandalizará al ver que, de pronto,
soy vieja y me empiezo a vestir de morado.Jenny Joseph ( Birmingham, Inglaterra, 1932). Periodista y poeta.
jueves, 7 de julio de 2016
Convocatoria Cena Sanferminera
Esta noche, a las 21,30 horas, tenemos una cita de nuestra querida Cena del Libro.
Como quisimos que coincidiera con el día de San Fermín, en honor a estas fiestas, propusimos que fuéramos vestidas de blanco y con pañuelo rojo.
Si queréis, y dados los calores del momento, podemos llevar algo rojo aunque no sea en el cuello, creo que puede valer otro lugar (visible, se entiende).
La cena es en el Restaurante Calenda, en el Adarve del Padre Rosalío. Cenaremos dentro, por si hay tormenta (como estas últimas tardes) y porque fuera no reservan las mesas.
Comentaremos el libro: "Una suerte pequeña", de Claudia Piñeiro.
Breve historia de la Fiesta de San Fermín
Los orígenes de las fiestas de San Fermín se remontan a la Edad Media y están relacionados con tres celebraciones: los actos religiosos en honor a San Fermín, intensificados a partir del siglo XII, las ferias comerciales y las corridas de toros, documentadas desde el siglo XIV. En los inicios, la fiesta conmemorativa de San Fermín se celebraba el 10 de octubre, pero en 1591 los pamploneses, cansados del mal tiempo, decidieron trasladar la fecha original a julio y hacerla coincidir con la feria. De este modo nacieron los Sanfermines. En su primera edición duraron dos días y contaron con pregón, músicos, torneo, teatro y corridas de toros. Posteriormente se fueron añadiendo otros actos como fuegos artificiales y danzas, y se prolongaron hasta el día 10.
sábado, 11 de junio de 2016
ACTA "CENA DEL LIBRO" 19 de mayo
Como estaba previsto nos reunimos el día 19 de Mayo para comentar el libro “Lejos de Ghana” de Taiye Salasi. El encuentro cena fue en el Paladar de Felisa, tuvimos un salón para nosotras solas importante a la hora de hablar pues ya la discriminación auditiva va estando más dura. Así la conversación es más fluida Faltaron algunas ya previstas y algún imprevisto. Tuvimos como invitadas a Pazzis que era su primer encuentro en esta cena y Mónica que ya había estado con nosotras.
Como siempre al inicio, con los entrantes , hablamos de todo y por alguna razón llegamos al orden y desprendernos de cosas, también comentamos del libro la magia del orden muy relacionado con el tema
Con los platos fuertes, comenzamos con nuestro libro ¿Por qué ese título? Marga y Vero comentaron como el titulo ha variado de unos países a otros y parece que hace referencia a esas bolsas a cuadros grandes de rafia tan típica en los inmigrantes.
La autora es afroamericana y ella habla en una entrevista de un nuevo concepto los “afropolitas” hace referencia a todos esos jóvenes que teniendo sus orígenes en África han nacido y vivido en diferentes países de Europa y África.
La lectura del libro como en todo grupo hay diferentes impresiones, para algunas les ha gustado la riqueza de lenguaje para describir y la forma de su relato que va desgranando la historia de esa familia, curioso y atractivo, para otras les ha resultado pesada.
Se hablo de esa familia donde parece que se quieren y están todos ahí en ese momento ya acuden con Fola a África con la muerte del padre, pero no son capaz es de expresar lo que sienten entre ellos. Comentamos también la situación de los mellizos, las situaciones dura por las que pasan a las que envía su madre pensando que era bueno para ellos. Al final desde diferentes lugares y momentos se reencuentran y todos van a la llamada de Fola y vuelven a Ghana.
Nos llamo la atención cuando nace “Bebe Sai” no se le pone nombre por la alta mortalidad infantil y a partir de ahí hablamos y comentamos las diferentes formas de vivir y enfrentarnos a la muerte en las diferentes culturas. La madre de Kweku también había perdido un hijo y tras el ritual volvió a sus tareas diarias.
Llegamos a los postres, esta vez se pidieron pocos (faltaban las más golosas¡) y como siempre hablamos de nueva fecha y nueva propuesta. Como Septiembre lo veíamos lejos y queríamos un encuentro decidimos un libro pequeño y dejar otra propuesta que había para después del verano y quedamos:
Cena: día 7 de Julio
Libro: “Una suerte pequeña” de Claudia Piñeiro
Organiza: Rosa C.
jueves, 19 de mayo de 2016
Convocatoria de la cena
Esta noche 19/05/2016, a las 9.30 os espero en el Paladar de Felisa, Calle de Sergio Sánchez, 10, 10003 Cáceres.
viernes, 29 de abril de 2016
lunes, 11 de abril de 2016
ACTA DE LA CENA DEL 31 DE MARZO: LA LEY DEL MENOR.IAN MCEWAN.
Perdonar la tardanza, pero tenía las notas muy muy guardaditas y no las encontraba.
Nos reunimos el 31 de Marzo en Santiesteban. Un jueves un poco acidentado porque sólo estuvimos 10,incluso yo estuve a punto de fallar porque el día antes habia tenido un virus que me tenía un poco pachucha, pero con ganas lo pude arreglar comiendo poco y suave.
La cena estuvo bién aunque el salón estaba lleno no nos fué mal,pues al ser pocas, podiamos hablar y escucharnos.
Pilar Bacas empezó sorteando" El último Bulevar", la primera publicación de Cáceres Verde, que había presentado en el Ateneo. Una defensa de una parte importante de nuestra ciudad, La Avenida de la Montaña.
Ah!! El libro me tocó a mi.
Después de un poco de cotilleo, nos centramos en el libro
"La ley del menor". El titulo fué la primera discrepancia que surgió.Para algunas no era muy adecuado.
En lo que si coincidiamos era en la protagonista, Fiona. Una profesional respetada especializada en derecho de familia y con una larga experiencia. Mujer madura que acaba ver como su matrimonio navega en la rutina y su marido le pide una única aventura.
Ella nos pareció emotiva y racional. Jueza impecable. El libro no describe su historia personal pero se vé.
De todos los casos en los que trabaja, todos muy interesantes,nos centramos sólo en el de Adam, un chico con leucemia que rechaza una transfusión de sangre que le puede salvar la vida por ser Testigo de Jehová.
Adam no ha cumplido los 18, no es mayor de edad por lo que el futuro no está en sus manos sino en las del tribunal que preside Fiona.Ella lo visitará al hospital y allí hablarán de poesia y música. Esto les unirá, sobre todo la música, es su esperanza.
La religión es coprotagonista de esta historia, pero ella no toma parte en su religión, no la critica, ella le escucha y luego actuará. Le salva la vida por lo que sentirá una dependencia afectiva con él.
Yo creo que este libro tenía mucho para hablar, pero... no fué así , no profundizamos mucho y eso que gustó a la mayoría de las presentes.Pasamos a hablar de cine.
La próxima cena será el 19 de Mayo. la organiza Rosalía y leeremos " Lejos de GHANA", De Taiye Selasi.
jueves, 10 de marzo de 2016
ACTA CENA 18 DE FEBRERO 2016 "EL HEREJE" MIGUEL DELIBES
18 de febrero de 2016, puntuales
la mayoría, menos las que habían ido a ver un corto al Ateneo que estaban
disculpadas, nos juntamos una vez más en Eulogio Blanco, sonrientes y
besuconas, alegres de reencontrarnos y echando de menos a M José, Maite Macías
y Marga que por motivos dispares no habían podido asistir.
Entre plato y plato, ensalada de
perdiz, berenjenas, tacos de solomillo, fruta y dulces y después de habernos
puesto al día, del nuevo niño y de la alegría de la abuela de estar con él, y
el recuerdo de las que faltaban, fuimos comentando y desgranando “El Hereje” de
Miguel Delibes.
Una vez más, y gracias a la
riqueza del grupo surgió la polémica, es genial porque no tenemos punto medio,
a algunas les encantó, a otras les fue enganchando y a otras entre las que me
encuentro fue la obra de Delibes que menos nos había gustado de las que conocíamos.
Si coincidíamos todas, que el inicio era un poquito caótico. A las que les
había parecido interesante defendían lo bien que describía a los personajes y
lo bien documentado que estaba, sin embargo Pilar comentó que le había llamado
la atención que en una conferencia que había estado, el ponente al cual no
menciono, lo había calificado de anacrónico y justificaba su afirmación
diciendo que en esa época no existían los gremios, bueno opiniones con la que
otros historiadores no parecen coincidir.
Se destacó lo bien que describe
el Valladolid del siglo XVI y la vida de la ciudad que vive un momento de
expansión, en un contexto histórico relacionado con las corrientes protestantes,
la censura y la Inquisición. Logra igualmente llevar a la reflexión sobre la
intolerancia y la violencia que proviene de ella-
Yo leí una crítica encontrada en
un Blog “La Ficción Gramatical” con la que me identificaba totalmente, ya que
afirmaba lo que yo pienso “Vaya por
delante que Delibes me parece un narrador excepcional, un escritor
extraordinario de una solidez y solvencia indiscutible, pero no por ello
resulta menos llamativo que el inicio de su carrera y tristemente su final, se
produzcan con sendas obras en falso….”,
tal vez, porque me faltaban las palabras para expresar mis opiniones
sobre la obra o porque como era la organizadora de la cena consideré que debía
aportar otros comentarios o reflexiones, que enriquecieran al grupo, como
habíamos hecho otras veces, pero no fue muy acertado por mi parte, porque
originó polémica y desencuentros que lamento.
Quiero terminar con una frase del
libro, que el autor pone en boca de Pedro el párroco de Pedrosa “….LA VERDAD Y
LA CULTURA, PARA SER TALES, DEBEN MARCHAR UNIDAS”.
lunes, 29 de febrero de 2016
LA ESPERA (Concurso de relatos Breves, Malén Álvarez)
LA ESPERA
Llegó cansada al aeropuerto después de un vuelo corto y un retraso interminable.
Conocía la ciudad como la palma de su mano, pues había vivido allí algunos años, y mientras lo hizo la disfrutó y la vivió intensamente.
Pidió al taxista que la llevase al hotel, y mientras hacían en silencio el recorrido detuvo su mirada en las esquinas conocidas, en algunos rincones mientras veía cómo habían ido desapareciendo algunas casas de azulejos, o pequeños bares de comidas que daban paso a edificios altos de cristal y acero, o a cafeterías enormes en donde turistas y funcionarios desayunaban deprisa, para volver al trabajo o para patear la ciudad cuanto antes. No tardaron demasiado en llegar a lo que, durante los siguientes siete días, sería su casa y su lugar de trabajo, pues desde Madrid la enviaban a una convención que duraba toda la semana, cinco días exactos, a los que ella sumó sábado y domingo, y así tener tiempo para aquel lugar que formó parte de su vida. El lunes cogería el primer avión que despegase de vuelta.
La entrada en la recepción fue tranquila, la mayoría de los participantes no habían llegado o no se dejaban ver. Después de todo, no comenzarían hasta las cinco de la tarde, y eso les dejaba un amplio margen para hacer turismo, o para descansar.
Pidió una habitación con vistas al río, y aunque el agua se divisaba a lo lejos, es verdad que brillaba, casi cegadora, y que además se podía ver la silueta del castillo a la derecha, y la desembocadura a la izquierda, roto el curso del agua por el puente. Se detuvo un tiempo más en recorrer con la mirada lo conocido, y se dispuso a deshacer la maleta.
Para todos ellos: los conferenciantes, los participantes, los elegidos a tan alta convención, les habían dejado una bandejita con chucherías de chocolate, dos delicadas copas, y un buen vino dulce.
Sobre una de las mesillas vio un sobre alargado de buen papel, que supuso sería la bienvenida correcta y rutinaria por parte del director. Una carta en la que les daban a los huéspedes la acogida que merecían por haber elegido su hotel. Decidió abrirla más tarde, cuando acabase, cuando volviera de comer, antes de ir a la primera reunión, que se celebraba en el primer piso con un buen café y unos dulces de la Pastelería Nacional. Y agua con gas, y agua sin gas, y nada de alcohol hasta la cena de la noche, se dijo mientras colgaba la ropa en el armario, como en todos estos sitios, como en todas estas reuniones…
No era demasiado tarde cuando entró de nuevo en la habitación, satisfecha por la excelente cena y también por los primeros contactos que había establecido. Gente ya conocida, y otros nuevos con los que tendría una convivencia amable durante aquellos días. De hecho había prevista alguna excursión a los alrededores, y ese tiempo libre resultaba tan productivo como la reuniones de horas interminables.
Puso la televisión, y se puso el pijama, decidió probar el vino que le ofrecía el hotel, y recordó la carta que vio por la mañana en su mesilla. Se instaló cómodamente en la cama, y abrió el sobre que llevaba esperando todo el día.
Pero no era una carta de bienvenida lo que encontró, no era un mensaje impersonal, unas frases hechas las que agradecían su elección y le deseaban una feliz estancia; eran unas letras en tinta azul, bien dibujadas, de trazo firme que comenzaban, sin encabezamiento, a hablar de amor, en un papel amarillento y desgastado.
Su desconcierto fue total: “Ida hace tanto y tan añorada. Tan recordada cada día, a pesar de que la vida ha seguido con fuerza, pero sin ti…” No podía dejar de leer, aquellas frases la atrapaban y continuó hasta el final mareada por el vino y por las palabras. Tomó otra copa antes de dormir.
Todo fue bien durante la mañana. No volvieron al hotel hasta la tarde, y mientras abría la puerta, y la luz tamizada la acogía, pensaba en la carta de la noche anterior. Allí estaba de nuevo el sobre, dentro el papel con las dobleces antiguas y marcadas, y sobre él el texto con que comenzaba: “Mi querida María…”. Y repitió el rito de la noche anterior, la lectura pausada, el paseo lento de su mirada por los trazos finos y alargados de aquellas letras, luego ese afán por conocer los lugares de los que hablaba, esos lugares tan queridos por ella, los cafés, las plazas.
Volvió contenta pero cansada, era ya el cuarto día de estancia y empezaban a pasar factura las horas de negociaciones, y la sonrisa permanente. Ese día habían invertido el orden de trabajo, toda la mañana la habían pasado en una pequeña ciudad tranquila y turística, llena de tiendecitas de recuerdos, de cafés, de calles empinadas. Realmente los tratos se hicieron en el autobús de vuelta, de modo que ese día tan largo había terminado para ella. Cenaría en su habitación, y luego volvería a repetir lo que era ya necesidad, la lectura de la carta que la esperaba en la mesilla: “Mi amor, mi amante, mi amiga: tú sabes cómo me gustaba cuando escondías tus manos entre las mías…”. Se había ido acostumbrando a aquellos mensajes de amor, tan auténticos y tan tristes.
La última noche, después de la última carta, hizo una llamada. Felicitó al director del hotel por su buen hacer, una conversación ligera y llena de cortesía. Después de un breve silencio le dijo que respetaba su actitud. “Sé que prometimos no volver a vernos, pero tenía que oír tu voz antes de irme. Gracias por haberme hecho llegar las cartas que nunca me mandaste”. Nadie contestó al otro lado.
A la mañana siguiente dejó el hotel muy temprano, cuando aun no había amanecido.
Conocía la ciudad como la palma de su mano, pues había vivido allí algunos años, y mientras lo hizo la disfrutó y la vivió intensamente.
Pidió al taxista que la llevase al hotel, y mientras hacían en silencio el recorrido detuvo su mirada en las esquinas conocidas, en algunos rincones mientras veía cómo habían ido desapareciendo algunas casas de azulejos, o pequeños bares de comidas que daban paso a edificios altos de cristal y acero, o a cafeterías enormes en donde turistas y funcionarios desayunaban deprisa, para volver al trabajo o para patear la ciudad cuanto antes. No tardaron demasiado en llegar a lo que, durante los siguientes siete días, sería su casa y su lugar de trabajo, pues desde Madrid la enviaban a una convención que duraba toda la semana, cinco días exactos, a los que ella sumó sábado y domingo, y así tener tiempo para aquel lugar que formó parte de su vida. El lunes cogería el primer avión que despegase de vuelta.
La entrada en la recepción fue tranquila, la mayoría de los participantes no habían llegado o no se dejaban ver. Después de todo, no comenzarían hasta las cinco de la tarde, y eso les dejaba un amplio margen para hacer turismo, o para descansar.
Pidió una habitación con vistas al río, y aunque el agua se divisaba a lo lejos, es verdad que brillaba, casi cegadora, y que además se podía ver la silueta del castillo a la derecha, y la desembocadura a la izquierda, roto el curso del agua por el puente. Se detuvo un tiempo más en recorrer con la mirada lo conocido, y se dispuso a deshacer la maleta.
Para todos ellos: los conferenciantes, los participantes, los elegidos a tan alta convención, les habían dejado una bandejita con chucherías de chocolate, dos delicadas copas, y un buen vino dulce.
Sobre una de las mesillas vio un sobre alargado de buen papel, que supuso sería la bienvenida correcta y rutinaria por parte del director. Una carta en la que les daban a los huéspedes la acogida que merecían por haber elegido su hotel. Decidió abrirla más tarde, cuando acabase, cuando volviera de comer, antes de ir a la primera reunión, que se celebraba en el primer piso con un buen café y unos dulces de la Pastelería Nacional. Y agua con gas, y agua sin gas, y nada de alcohol hasta la cena de la noche, se dijo mientras colgaba la ropa en el armario, como en todos estos sitios, como en todas estas reuniones…
No era demasiado tarde cuando entró de nuevo en la habitación, satisfecha por la excelente cena y también por los primeros contactos que había establecido. Gente ya conocida, y otros nuevos con los que tendría una convivencia amable durante aquellos días. De hecho había prevista alguna excursión a los alrededores, y ese tiempo libre resultaba tan productivo como la reuniones de horas interminables.
Puso la televisión, y se puso el pijama, decidió probar el vino que le ofrecía el hotel, y recordó la carta que vio por la mañana en su mesilla. Se instaló cómodamente en la cama, y abrió el sobre que llevaba esperando todo el día.
Pero no era una carta de bienvenida lo que encontró, no era un mensaje impersonal, unas frases hechas las que agradecían su elección y le deseaban una feliz estancia; eran unas letras en tinta azul, bien dibujadas, de trazo firme que comenzaban, sin encabezamiento, a hablar de amor, en un papel amarillento y desgastado.
Su desconcierto fue total: “Ida hace tanto y tan añorada. Tan recordada cada día, a pesar de que la vida ha seguido con fuerza, pero sin ti…” No podía dejar de leer, aquellas frases la atrapaban y continuó hasta el final mareada por el vino y por las palabras. Tomó otra copa antes de dormir.
Todo fue bien durante la mañana. No volvieron al hotel hasta la tarde, y mientras abría la puerta, y la luz tamizada la acogía, pensaba en la carta de la noche anterior. Allí estaba de nuevo el sobre, dentro el papel con las dobleces antiguas y marcadas, y sobre él el texto con que comenzaba: “Mi querida María…”. Y repitió el rito de la noche anterior, la lectura pausada, el paseo lento de su mirada por los trazos finos y alargados de aquellas letras, luego ese afán por conocer los lugares de los que hablaba, esos lugares tan queridos por ella, los cafés, las plazas.
Volvió contenta pero cansada, era ya el cuarto día de estancia y empezaban a pasar factura las horas de negociaciones, y la sonrisa permanente. Ese día habían invertido el orden de trabajo, toda la mañana la habían pasado en una pequeña ciudad tranquila y turística, llena de tiendecitas de recuerdos, de cafés, de calles empinadas. Realmente los tratos se hicieron en el autobús de vuelta, de modo que ese día tan largo había terminado para ella. Cenaría en su habitación, y luego volvería a repetir lo que era ya necesidad, la lectura de la carta que la esperaba en la mesilla: “Mi amor, mi amante, mi amiga: tú sabes cómo me gustaba cuando escondías tus manos entre las mías…”. Se había ido acostumbrando a aquellos mensajes de amor, tan auténticos y tan tristes.
La última noche, después de la última carta, hizo una llamada. Felicitó al director del hotel por su buen hacer, una conversación ligera y llena de cortesía. Después de un breve silencio le dijo que respetaba su actitud. “Sé que prometimos no volver a vernos, pero tenía que oír tu voz antes de irme. Gracias por haberme hecho llegar las cartas que nunca me mandaste”. Nadie contestó al otro lado.
A la mañana siguiente dejó el hotel muy temprano, cuando aun no había amanecido.
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