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viernes, 8 de mayo de 2009

En los tiempos que corremos… La realidad que es historia y nadie la ha inventado


DÉJAME DORMIR, MAMÁ
Hijo mío, por favor, de tu blando lecho salta.
Déjame dormir, mamá, que no hace ninguna falta.
Hijo mío, por favor, levántate y desayuna.
Déjame dormir, mamá, que no hace falta ninguna.
Hijo mío, por favor, que traigo el café con leche.
Mamá, deja que en las sábanas un rato más aproveche.
Hijo mío, por favor, que España entera se afana.
¡Que no! ¡Que no me levanto porque no me da la gana!
Hijo mío, por favor, que el sol está ya en lo alto.
Déjame dormir, mamá, no pasa nada si falto.
Hijo mío, por favor, que es la hora del almuerzo.
Déjame, que levantarme me supone mucho esfuerzo.
Hijo mío, por favor, van a llamarte haragán.
Déjame, mamá, que nunca me ha importado el qué dirán.
Hijo mío, por favor, ¿y si tu jefe se enfada?
Que no, mamá, déjame, que no me va pasar nada.
Hijo mío, por favor, que ya has dormido en exceso.
Déjame, mamá, que soydiputado del Congreso
y si falto a las sesionesni se advierte ni se nota.
Solamente necesitoacudir cuando se vota,
que los diputados somosovejitas de un rebaño
para votar lo que digany dormir en el escaño.
En serio, mamita mía,yo no sé por qué te inquietas
si por ser culiparlantecobro mi sueldo y mis dietas.
Lo único que preciso,de verdad, mamá, no insistas,
es conseguir otra vezque me pongan en las listas.
Hacer la pelota al líder,ser sumiso, ser amable
y aplaudirle, por supuesto,cuando en la tribuna hable.
Y es que ser parlamentario fatiga mucho y amuerma.
Por eso estoy tan molido.¡Déjame, mamá, que duerma!
Bueno, te dejo, hijo mío. Perdóname, lo lamento.
¡Yo no sabía el estrés que produce el Parlamento!

Fray Junípero (1713 - 1784) religioso franciscano español.Piensen que fue escrito por este franciscano en el 1700 y aún hoymantiene su vigencia.

viernes, 24 de abril de 2009

UN CUENTO REAL de Miguel Ángel Pérez Nevado

Érase una vez el reino de los números reales. Allí los números racionales e irracionales coexistían llenando toda la recta; no era una relación cualquiera, era una relación de mucha proximidad, dado que cada número racional tenía siempre un vecino irracional, cosa que al revés también se verificaba.
El ambiente en la recta era armónico, incluso de vez en cuando se gastaban bromas que casi siempre recibían los pobres números primos. El número áureo con su dorada luz iluminaba gran parte de la recta. Los ancianos naturales contaban historias a sus nietos los irracionales, historias de mundos de dos coordenadas, e incluso de tres, y más; mundos donde las cosas no funcionaban igual que en el suyo. Los tiernos irracionales los escuchaban con una mezcla de fascinación y escepticismo, y pensaban en la posibilidad de tales historias, imaginándose recorriendo el plano a lomos de la bisectriz del primer cuadrante o teniendo una lucha heroica con la gran serpiente coseno. En la recta real también se podían observar los épsilon mayores que cero, cuya existencia era feliz acotando límites y sucesiones.
Pero no todos los épsilon eran felices. Había un épsilon muy pequeño, muy próximo a cero que no era feliz puesto que quería crecer. Se sentía ínfimo, quería hacerse mayor y no lograba dar con la forma de lograrlo. Una de las veces llegó a elevarse de modo natural pero sólo consiguió hacerse más pequeño. Así pasaba su desdichada existencia nuestro número. Mas un día otro épsilon le dio la solución a su problema: “Hazte inverso y serás tan grande como deseas”.
Así lo hizo nuestro épsilon y al momento se convirtió en un número enorme, monstruoso. Pero el número en cuestión, era demasiado inconformista y siempre miraba con envidia a otros números que eran más grandes que él, que siempre los había. Así que, al cabo de un tiempo decidió que quería ser como el Dios infinito, nada más y nada menos. Para ello hizo todo lo posible, incluso se multiplicó en su esfuerzo por lograrlo, pero nunca lo logró; eso sí, cada vez fue más grande, mas siempre ocurría lo mismo, siempre había otros números más grandes que él.
Un día decidió que ya estaba cansado de recorrer ese camino sin final. Así que se acordó de cuando era pequeño. Un número racional le dijo que en el otro lado de la recta había una zona oscura, tétrica, tenebrosa, donde los números eran malvados o negativos.
-Quizás allí haya un final -se dijo.
Por tanto, hacia allí decidió que encaminaría sus pasos. Para conseguirlo empezó a tener malos pensamientos, se volvió irracional, tanto, que ya no sabía ni siquiera qué número era. Esto lo llevó a cometer un gran delito real, nada más y nada menos que rebelarse contra el orden establecido, poniendo en peligro la estructura del cuerpo ordenado.
El consejo de los cuatro números reales más importantes, 0,1,e,π se reunió de forma extraordinaria en la igualdad eπ.0= 1 y decidieron mandarlo al exilio de la parte de los números reales negativos, cosa que al fin y al cabo era lo que nuestro número quería conseguir. Los grilletes del negativo le fueron impuestos. Y así de esta forma cambió nuestro buen número de signo.
Al principio, en la otra parte de la recta fue feliz, pero pasado el tiempo acabó dándose cuenta de que tampoco allí podría alcanzar la divinidad del diablo menos infinito. Su frustración fue tal que su voluntad se anuló. Acabó sus días en el limbo del cero, de donde ningún número lo ha vuelto a ver salir.
FIN.

jueves, 13 de noviembre de 2008

"Amanda" Cuento de Malén Alvarez

Se nos acumulan colaboraciones. ¡Unas veces tanto y otras tan poco!. Malén nos había prometido, hace tiempo, un  cuento  para publicar en el blog. ¡Aquí lo tenemos!. Además continuamos con la misma temática. Espero que os encante tanto como a mí, y espero NUMEROSOS comentarios (la autora está también impaciente!!!!!)

AMANDA

Amanda juega con el aire.
La existencia de Amanda ha sido una de tantas, salpicada de claroscuros, pero sin sobresaltos que la hicieran renegar contra el destino.
Ha sido creyente durante toda su vida, y ha adorado, profundamente, a un Dios que nunca acabó de entender del todo, pero claro, pensaba en su descargo, Dios es Dios, y no hay que entenderlo sino amarlo.
Lo más llamativo de ella siempre han sido sus manos, unas manos pequeñas, de dedos largos, que pusieron amor en todo lo que hacían, y por esto eran sus comidas las mejores, y sus macetas las más floridas, y las cabecitas de sus hijos las que mejor iban peinadas.
Pasa unos cuantos años de los setenta, y aunque su pelo es ya completamente blanco conserva el gesto dulce de niña ilusionada.
Amanda se levanta temprano como ha hecho durante toda su vida.
Aún se prepara el desayuno, porque coger un vaso de leche fría y unas galletas todavía no es un problema. Luego se lo toma de pie en la misma cocina, y mete los cacharros en el fregadero.
Después tiene todo el día para recorrer los rincones de la casa, para perseguir a su hija contándole mil veces que tiene que ir a misa, para contemplar las nubes pasando ligeras por un cielo que desconoce.
A Amanda le gusta mirar desde su ventana las palomas que van y vienen de su alféizar al de enfrente: “Mira, vienen los curitas, vienen los curitas a verme”, y lo dice como todas las tardes desde hace ya muchos meses.
Ha desaprendido todo lo que sabía, y apenas si le quedan unas cuantas palabras para manejarse con los suyos, dos de ellas son iglesia y cura, las otras suelen variar entre tienda y primo, y el nombre del pueblo donde nació.
Amanda persigue a su hija por los pasillos preguntándole sobre cuestiones para las que no espera respuesta y, sobre todo, contándole mil cosas incoherentes que tienen un poso de verdad remota.
Sin ella saberlo se ha perdido en el olvido, y allí anda callejeándolo, sin más norte que el que le dicta su inexistente memoria.
Su hija la recuerda cuando cantaba, y reía, y ahora comparte con ella el vacío al que están abocadas.
Alguna vez, cuando la ve tranquila mirando hacia el cielo le coge las manos, las manos delicadas que sabían hacer galletas, que estiraban las sábanas con mimo, que acariciaban su espalda cuando tenía miedo, y se las besa para decirle de algún modo cuánto la quiere, porque con ella ya no valen las palabras.
Amanda ha perdido el color de sus ojos entre las nubes que contempla cada tarde, y ya solo espera que llegue la noche para irse a la cama.
Ahora, ella, es únicamente el sonido de sus pasos, la ausencia de su vida, la presencia cotidiana de una inocencia que se equivocó de estación.
A Amanda le gusta, sobre todas las cosas, contemplar las palomas desde su ventana.
Malén Álvarez.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Mis Mayores

Este relato lo tenía archivado en mi ordenador y mira por donde ahora leyendo la entrada de Bea, lo rescato y lo hago público por si en su momento no tuvisteis la oportunidad de leerlo. Precisamente no refleja la vivencia de Bea, sino todo lo contrario. Podríamos poner un título a la fotografía de Bea: "lucidez".
Esto que vais a leer es justo lo contrario, desgraciadamente hoy en día lo vivimos a nuestro alrededor.

MAYORES
PILAR GALAN

(PUBLICADO EN EL LIBRO: “ESCRITOS SOBRE EL OLVIDO” ALZHEI-CACERES)

Lo peor no debe de ser el cansancio, ni las enfermedades, ni siquiera el dolor. Lo peor no debe de ser dormir a deshora, caminar apenas, tener prohibidos todos los vicios. Seguro que no. Seguro que cuando se llega a cierta edad, uno ha pasado ya todas las fronteras posibles y se ha vuelto inmune a casi todo, salvo a la soledad y la indiferencia. Eso sí que cuesta. Volverse invisible, a lo más una carga, alguien que repartirse entre los hijos, al que visitar en una residencia siempre demasiado llena. Eso si que duele, no las pastillas, ni la artrosis ni la dificultad de hacer lo que antes no costaba nada.

Hemos cerrado los ojos ante lo que vamos a ser, igual que los cerramos ante el cambio climático o las amenazas venideras. El futuro no nos asusta, como si no tuviera que ver con nosotros, como si instalados en esta juventud perenne, nada pudiera acecharnos. Contemplamos a los ancianos como seres de otra galaxia, débiles eslabones por donde se rompe la cadena social. Ellos cobran las pensiones, ellos son una carga para la sanidad, ellos causan problemas en verano. Y ellos, o sea, nosotros dentro de unos años, se ven apartados de un mundo que no quiere correr a su ritmo. Por eso mueren de pena en la soledad de las grandes ciudades o agonizan en habitaciones impersonales donde nunca va nadie a verlos. A ellos, que formaron familias y fueron padres y luego abuelos.

Desde unos ojos que a veces no nos recuerdan, nos contempla la vida. Los primeros pasos, el primer amor, el arañazo que solo supo curar una madre, el beso que salva el mundo. Todos los recuerdos están allí, sin orden a veces, aguardando el hilo de seda de Ariadna para ser rescatados del laberinto. La mano que despierte el genio dormido, como en el arpa de Bécquer, el poema que mi padre comentaba en clase, hace muchos años, muchísimos.

Hace solo uno que ha empezado a olvidar. Mi nombre, mi cara. Los de mis hermanos, los de nuestros hijos. Sin embargo, no olvida las valencias químicas o las reglas de acentuación. Y nos las explica, algunas noches, y su voz me trae el eco de una época olvidada que ahora él recuerda por encima de todas las cosas.
Enfrente del médico, su memoria se obliga a desplegarse. En qué mes estamos, ha preguntado el señor de la bata blanca, al otro lado de la mesa, Junio, dice al final, después de una espera que se hace interminable. Y yo me alegro tanto como cuando mi hijo, que lleva su nombre, consigue dibujar un tres o un sol que parece una araña aplastada.
Luego, camino de casa, le hablo de todo, por si acaso. De mi nombre, de las letras exactas que me enseñó, de las personas que nos rodean. Y poco a poco, parpadea en sus ojos azules el reconocimiento. Y sonríe. A salvo, otra vez, de este naufragio. Rescatado de nuevo para el mundo que tanto le echa de menos.
Lo peor no debe de ser el cansancio, ni las enfermedades, ni siquiera el dolor. Seguro que no. Lo peor es la soledad y el miedo, avanzar por los caminos del olvido sin una mano amiga que te marque las miguitas de pan, de vuelta a casa.
Lo peor es la estupidez malsana de creernos inmortales, elegidos por los dioses, olvidados de lo que hemos sido, lo que somos y aquello en que nos vamos a convertir.

domingo, 25 de mayo de 2008

Otro cuento de Pilar Galán

SEPTIEMBRE




(...) Porque no se puede ser feliz en este tiempo muerto y lentísimo,
el indeseable paréntesis entre una vida que ya es mentira
y otra que no acaba de ser verdad del todo.
Ningún destino es tan ingrato
como el de las personas condenadas a vivir
eternamente en septiembre.
(A. Grandes)



Pilar Galán


La casa está fría. Hay nubes deshilachadas, borrones grises, flecos azules a través de la persiana. La luz se cuela aún como polen de oro, cada vez con menos fuerza, como si presintiera ya el otoño.

La siesta no nos ha hecho bien. Luis se ha levantado con el ceño fruncido, con ese gesto tan suyo de estar enfadado con todos. Ana no quiere tomarse la leche. Lloriquea aún desde la cocina, quiere empezar a andar sobre el suelo frío. Anoche tosió un par de veces, a tientas en la madrugada aparecieron por fin los edredones.

La piscina se ha puesto verde. Flotan bolsas de plástico, alguna silla, el césped se adueña ahora de todos los rincones. Luis pregunta por las ranas. Una y otra vez, cientos de veces, tironea de mi falda hasta que atrae mi atención. Las ranas, cuándo vuelven las ranas, están ya las ranas en el agua sucia, en esa agua tan sucia ya que no ve ni el fondo, podemos bajar a ver las ranas, mamá por favor. Ana llora.

Las pastillas dejan la lengua resacosa y dura. Los ojos pesan, pesa la tarde entera cada vez más cerca de la noche. Aún hay que lavarse la cara, tomarse un café, coger el coche, comprar los libros.

Milagrosamente, a las seis en punto estamos ya abajo. La portera nos mira como a recién nacidos, con esa ternura tan dulce de las mujeres mayores. Los ha abrigado usted mucho, me dice. Luego engaña el tiempo, veranillo de San Miguel, veranillo de los membrillos. No tengo fuerzas para hablar del tiempo. Recojo el correo. Tampoco hoy ha escrito. No sirven de nada los conjuros mágicos ni retrasar el momento hasta la tarde. El hueco del buzón saluda desde las once de la mañana.

Hay tráfico ya. Luis pregunta cuánto tiempo tardaremos en llegar al hiper. Ana le imita. Luis le pega un manotazo en la boca. Desde el espejo retrovisor se ven las cosas como en un cine, como si no estuvieran pasando.

Pongo la radio. Suena por enésima vez la canción del verano. Atrás los dos se desgañitan. Acabarán pegándose otra vez, cuando se acabe. Por suerte, luego viene la segunda canción del verano, y luego la tercera. Sus voces me llegan desde otro mundo.

Intento mantener la concentración. Como en la autoescuela. Sólo mirar al frente y a los espejos. No desviar la mirada ni un segundo. Si una avispa entra en el coche, bajar la ventanilla con cuidado, sin dar manotazos. Si nos pica, señalizar la maniobra y apartar el coche hasta el arcén.

Doy un manotazo a Luis. Cambio la cinta, me peino, en el semáforo en rojo me pinto un poco la raya. Me pita el de atrás. Ahora se me cala, verás tú cómo se me cala. Menos mal que me he puesto las zapatillas de deporte. Rebobino la cinta, subo el volumen, le paso a Ana el muñequito rosa. Me incorporo por fin a la autovía. Me pongo el cinturón de seguridad. Estoy suspensa, es lo primero que tendría que haber hecho. Bajo el seguro del coche. Estoy a punto de estrellarme con un camión. Ha empezado a llover.

Toda la ciudad ha decidido salir a comprar los libros esta tarde. Seguro. Podríamos haber ido en autobús. Me lo dijo mamá. Hija, no te arriesgues tanto, que vas con esas dos criaturas.
—Tres criaturas, mamá, , eso es lo que somos. Una madre asustada y dos hijos llorones.

Mamá no sabe aparcar, dice Luis, con su voz de hombre. Le miro con odio por el retrovisor. No sabe aparcar, no sabe aparcar, canta. Ana ha empezado a seguir la melodía. Podría echarme a llorar ahora mismo, dejar el coche en mitad de la explanada, con las puertas abiertas y mis hijos dentro, y correr bajo la lluvia, como cuando era niña, exactamente igual, sentir las gotas resbalando por mi pelo, saborearlas, pisar charcos, volver a casa con las piernas empapadas, sabiendo que me espera un vaso de leche caliente y dos azotes.

En vez de eso, cuento hasta diez y sigo dando vueltas sin sentido. Aparco por fin en la otra punta de la puerta de entrada. Me miro en el espejo orgullosa de mi hazaña. Estoy horrible. Parece que me he echado encima veinte años.

Lo primero que me levanta dolor de cabeza es el ruido de la gente. Todos en procesión en busca de los libros. Luego, la música de las narices. Julio Iglesias a todo volumen. Ana arrastra los pies.

Hay una cola enorme para recoger los libros. Jugamos a contar niños, jugamos a adivinar colores, jugamos al veo-veo. Luis dice que se aburre. Que quiere ir a ver juguetes. Por megafonía anuncian que regalan el forro para los libros de texto. También hay ofertas de pescado. Ana dice que tiene hambre. Me deseo la muerte. Me llevo deseando la muerte desde las seis de la tarde.

A las ocho y media tengo todos los libros en la mano. Conocimiento del medio, Matemáticas, mi primer diccionario. Luis los abre sin cuidado alguno, pasa las páginas con sus dedos negros de arrastrarse por los suelos. Intento reñirle, pero no quiero gastar fuerzas innecesarias. Total, van a acabar despanzurrados por su cartera dentro de una semana.

Compro leche condensada, galletas, pepinillos, cerveza, una botella de vino blanco, pizzas variadas, patés. Los niños están emocionados con la cena. Yo también. Pienso ponerme a morir de pepinillos en cuanto se acuesten.

Sigue lloviendo. Ahora hace frío y la noche se extiende por encima de las luces de neón de las ofertas. Saco el coche sin rozar la pared. Luis aplaude. Riño a Ana para que no se duerma, por favor, bonita, que tengo que bañarte, que tienes que cenar, que si no te dan las dos y mamá trabaja mañana. Le canto, pongo música, digo a mi hijo que le pegue de vez en cuando un manotazo. Lo hace encantado.

Llego a casa cargada de bolsas. Huele a naftalina, a septiembre, a forro de libro nuevo. Tengo que contenerme para no llorar. No hay luz cuando entramos. El salón está más vacío que nunca. Las plantas hacen sombras raras en los rincones.

Pongo los dibujos, baño a la niña, más dibujos, Luis hace el idiota en la bañera. Se llenan los pijamas de queso fundido, de salchichas con tomate. Ana unta en sueños su dedo en leche condensada. Protestan un poco aún. Luego caen rendidos.

A las once en punto, en mitad de mi atracón de pepinillos, suena el teléfono. Miguel quiere saber cómo están sus hijos. Hablamos despacio, muy educados. Me pregunta también por el coche, si he vuelto a rozarlo, si soy ya capaz de entrarlo en el garaje. Cuento hasta veinte antes de contestar. Oigo su respiración al otro lado.

Dice que puede encargarse él de lo de los libros. Le digo que no lo dudo, pero que da la casualidad de que ya los hemos comprado. Parece fascinarle que haya sido tan aventurera como para adentrarme en el territorio prohibido del hiper.

Le pregunto por el trabajo. Dice que trabaja mucho. Como siempre, se me escapa. Sé que me ha oído y que cuenta a su vez para no estallar. Se le escapa a él también preguntarme por todo en general, qué tal van tus cosas, murmura. Mientras intento contestar oigo la tos de Ana desde el pasillo. Bien, como siempre, también, ya sabes. Y me muerdo la lengua porque sé que sabe, porque me está viendo sola en su casa de antes, un poco borracha de cerveza y vino blanco, un poco asqueada de tanto pepinillo, y le gustaría decirme con su voz de hombre, al otro lado, puedo ir a ver a los niños esta noche, aunque sepa muy bien qué hora es, siempre lo ha sabido, que a las once los niños duermen hace mucho, y no esperan a que el señor importante vuelva del trabajo para contar cuentos.

Sé que está esperando una señal, que me derrumbe, que le diga con voz pastosa que no puedo más, que se me caló el coche en el semáforo, que olvidé comprar el libro de ciencias, que estoy ya llorando a moco tendido delante del forro maldito que no se deja cortar, y me estoy llenando los dedos de plástico transparente, y me aburre enormemente hojear tanto contenido para aprender a hacer los deberes, partes de la tierra, funciones del lenguaje, diferencias entre climas...

Pero cuento hasta diez y le digo que van bien las cosas, todo lo bien que pueden ir, que se cuide, que ahora tiene que empezar a hacer frío y septiembre es un mes muy traicionero. Y le imagino en su cocina blanca, impoluta, encendiendo un cigarro más antes de colgarse al teléfono con su madre o con su jefe, o con quien sea, mientras la cocina sigue limpia y no hay ninguna imbécil que le haga la cena. Le digo también lo del veranillo de San Miguel y lo de los membrillos. Y cuelgo, acto seguido, porque ya las lágrimas se acumulan en los ojos, y hay un temblor absurdo en la garganta, y me arde el estómago con los pepinillos, y me duele la cabeza con el vino, y Ana cada vez tose más.

Y lloro, a lágrima viva, tirada en el sofá, como una niña. Porque es septiembre, porque huele a libro y forro nuevo, a patio de colegio, leche condensada y comidas de madre. Porque no hay nadie que me explique por qué no escribe, por qué se empeña en hacerse el fuerte y el distante.

Me tomo dos pastillas. No hay que mezclarlas con alcohol, dice la voz protectora de mi madre. Me da igual, mamá. Tampoco estás aquí para pasarme la mano por el pelo, para llamarme bonita y explicarme qué salió mal después de todo, si me casé con el hombre que yo amaba, si tuve dos hijos preciosos y un trabajo, un piso, el carné de conducir sin coger el coche, si era la envidia de todas mis amigas, si todos le adoraban. A ver por qué hija tuviste que conocer a ese otro, estar a punto de perder tus hijos, cariño, con lo querían a su padre, una vida estable, toda la vida por delante.

Se me va la cabeza. Hablo sola. No tengo ganas de contestarte, mamá, de verdad que no, otra noche más no. Ya hemos hablado bastante. No me vuelvas a decir que hay que aguantar, que todos los hombres son iguales. No entiendes nada. Quiero estar sola. Quiero vivir sola.

Ana tose más fuerte. Me duele todo. El suelo está frío bajo mis pies descalzos.

Avanzo a tientas por el pasillo. No quiero ver en ningún sitio el reflejo de la ausencia.

Me tumbo al lado de mi hija, al lado de su cuerpo caliente de vainilla y chocolate. La abrazo fuerte, le doy besitos, le digo bajo que ya estoy aquí para cuidarla, porque soy mamá, y tú eres pequeña, y ahora puedo cuidarte, luego no.

Ya estoy llorando otra vez, como una idiota. Por cuidar, por no ser cuidada, por las noches y las tardes como hoy, por el miedo que me da conducir, porque quiero vivir sola, porque también quiero vivir con él.

Y, mientras acaricio a Ana, muy despacio, imagino que también a mí me tocan, que me pasan la mano por el pelo, que me dan besos, que me abrazan. Que alguien, quien sea, me dice que es normal estar asustada, el otoño y todo eso, que qué valiente has sido con el coche, que no te agobies si no escribe, nada importa, sólo tú y tus hijos.

Al compás de esa voz me voy quedando dormida, poco a poco. Mañana habrá carta en el buzón, seguro, y dejará de llover, y no habrá tráfico. Anita se pondrá bien y Luis no pegará a nadie en el colegio. Ya verás cómo sí.

Sin embargo, justo antes de perder del todo la consciencia, en mitad del silencio de la casa, sientes el frío de septiembre, el aire de la noche que arrastra la luz y el polen de oro.

Y te duermes, por fin, sabiendo definitivamente que mañana no va a ser otro día.

lunes, 28 de abril de 2008

Cuento cortito de Pilar Galán

Os pongo este cuento de Pilar porque yo no lo conocía y como otros dos que tengo me los proporcionó ella en una visita que hizo a nuestro "insti". Hoy mismo me ha dicho que están publicados. Si os gusta puedo poner los otros dos. Me parece un cuento sencillo de tema cotidiano y que arranca una sonrisa como le ha ocurrido a mis alumnos. Al finalizarlo, por favor, leed de nuevo las primeras líneas.

Un beso a todas las lectoras

MALDITASPRISAS

Pilar Galán

Yo no hubiera querido nunca que pasara esto. Menuda vergüenza, qué dirán ahora todos. Sobre todo Felisa. La estoy viendo. No va a querer seguir con lo nuestro, y todo por una tontería, por los prontos que tiene uno.
Si es que estoy que no vivo con lo de la boda, venga boda para arriba, para abajo, elegir el menú, el traje, las invitaciones, menudo rollo. Uno no puede tener la cabeza en todo, creo yo. Las prisas nunca han sido buenas consejeras, lo decía mi madre, que en paz descanse. Si hubiera vivido, esto no habría pasado, se lo digo yo. Mira que acordarme la tarde antes de lo de los anillos. Me dice Elena, has recogido los anillos, y yo que me pongo blanco, primero, luego de todos los colores. Ya se te ha olvidado, eres un desastre. Que no mujer, intento disimular, que no, y trago saliva para no morirme atragantado.
Con una excusa cualquiera, salgo escopetado de la obra. Casi me caigo del andamio. Cojo el 43, luego el 52, el tráfico imposible, un atasco en la Castellana como quiera. Cinco minutos antes de las ocho gano la final de los 200 metros lisos. A las ocho en punto, estoy pulsando el timbre de la joyería. La dueña me mira de arriba abajo. Es verdad que voy despeinado por la carrera, sudoroso, que vengo aún con el mono de la obra, que debo tener cara de loco. me dice que no con el dedo. Me caso mañana, le grito, por favor, tiene usted los anillos dentro. Hace como si no me oyera y se da la vuelta para atender a una señora gorda a la que se le ha atascado una cadena en el cuello.
Aporreo la puerta. Dejo mi dedo pegado al timbre.
La dueña me mira con cara de susto, pero no abre.
Cojo un adoquín y rompo el cristal. Apenas consigo hacerme entender entre el ruido de la alarma, las voces de la señora gorda y los gritos de la dueña, pobre, empeñada en cargarme con todo tipo de joyas. Intento explicarle que no soy un ladrón, que sólo quiero mis dos anillos, que me caso mañana. No hay forma. Por fin, me los saca de detrás del mostrador.
Pago a pesar de las protestas de la dueña. Pero cuando me estoy dando la vuelta más contento que un ocho, la policía irrumpe en el local.
No hay forma de conseguir que me escuchen. A todo esto la señora gorda dice que soy un drogadicto y que es una vergüenza que gente como yo ande suelta. La dueña asiente. Las dos dicen que las amenacé con un adoquín. Yo intento explicar que no quiso soltar para no ensuciar el sueño. Me encuentran encima la navaja de la fruta.
Cualquiera le explica ahora a mi novia que a lo mejor la boda no puede ser mañana. Malditas prisas.

domingo, 6 de abril de 2008

Dulce y el puto móvil

Hace unos días, invité a unas amigas, algunas grandes lectoras, a entrar en nuestro blog y animarlo con sus comentarios. Una de ellas, Pilar, me ha enviado esta anécdota personal, que ocurrió el día de la presentación del libro de Dulce Chacón (hace ya ocho años). Me ha gustado, así que le he adjudicado la categoría de microrrelato y la publico bien visible:

"Solo una vez, desde que tengo móvil, he olvidado apagar su sonido antes de entrar en un lugar en que deba ser silencioso. Lo apago sistemáticamente como un movimiento histérico al de entrar en el cine, en una conferencia o en una iglesia. Lo silencio incluso cuando subo a un tren o en un autobús cuyo recorrido supere el perímetro urbano. Sólo una vez, tan sólo una, se me olvidó y fue precisamente el día en que Dulce, de vuestra mano, vino a Cáceres.
Aquella tarde, después de su presentación y las palabras de Rosalía, Dulce nos habló de su obra, de sus motivaciones para escribir y del placer de finalizar un libro. También nos hablaba de su difícil itinerario vital y de la plena alegría de volver a querer y con sus palabras conseguía un éxtasis empático en aquel auditorio femenino. Más de repente, ¡Zas! Un puto móvil sonó alto, exagerado y desconsiderado.
Yo, segura de mi inocencia, maldije interiormente a la dueña del aparato hasta que, horrorizada, me di cuenta de que la dueña era precisamente yo. Mientras desesperada buscaba dentro del bolso el travieso teléfono que se escondía detrás de otros objetos, deseaba desaparecer, morir incluso, ya que la muerte me parecía la única excusa suficiente para tamaña inoportunidad. La muerte no llegó y sólo pude pedir perdón desde detrás del rojo de mi cara. Entonces Dulce esbozó una generosa sonrisa y recitó un improvisado verso que resolvió la situación de manera delicada y jocosa.
La vida siguió para mí, para todas nosotras y me alegra porque, aunque siguió cargada de su ausencia, esa visita suya siempre será un recuerdo que afiance la amistad de las chicas de la cena del libro. Por mi parte a veces la sueño en su eternidad escribiendo un libro en el que cuenta como una vez un puto móvil estropeó su acto

Besos a todas. Pilar"


martes, 22 de enero de 2008

Más cambios y nuevas noticias

¡Hola!
Sigo intentando mejorar el blog, pero como voy poco a poco, creo que esto va a ser eterno. He cambiado el aspecto de la página, a mí me gusta mas, me parece más claro y más informal. Quiero vuestra opinión (cambiarlo es sencillo)
Os hago saber que el grupo de Sevilla se ha puesto en contacto con nosotros y han abierto en su blog un acceso directo al nuestro.
¡Ánimo y a contactar con ellas!
Enredando en páginas relacionadas con la literatura, he encontrado un "microrrelato" que me ha encantado . Aquí lo tenéis


MICRORRELATO DE GARCIA MARQUEZ

"...el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida".